Considerando los cinco años que llevo en Toledo (¿o son cuatro?) debería estar ciego para no ver que he sufrido una mudanza muy seria. Y ello es un motivo más de confianza: quien comenzó la obra la acabará… Mas el progreso tiene sentido casi uniformemente acelerado. De manera que sin duda debo esperar, para este año, un adelanto mucho más raudo que en los cuatro precedentes…

La experiencia me enseña perspícuamente mi peculiar proclividad hacia el abismo, apenas me dejo rebajar. En rigor, me es imposible pactar con la mediocridad. Cualquier cesión me arrastra raudamente hacia la sima… No hay exageración alguna. Y luego, las iluminaciones determinadas, recibidas a lo largo de años, proporcionan gravedad singularmente y sobremanera grave, a cualquiera de mis rehusamientos a la invitación divina.

Otra cosa capital: la abnegación no puede ser un esfuerzo para mí. Si tengo algo que me resulta simpático -desde luego para mí; pero pienso que para otros muchos- como peculiar, es este aspecto de chico mimado, esta actitud continua de juego, este hacer cosas, objetivamente penosas, y penosas de hecho para casi todos, como -y sin como- jugando. Este vivir perpetuamente en noche de reyes y alborada de reyes: esperando y recibiendo juguetes, regalos… Jamás una tensión propia me ha dado resultado alguno. Soy naturalmente -incluso en la vida sobrenatural- joven; es decir, que vivo todavía de esperanzas y donaciones… Cristo me persuade cuando quiere, me ilumina -y generalmente incluso sensiblemente- y entonces recibo. Por otra parte, mi espiritualidad es singularmente receptiva para la pasividad, y para entenderlo todo como dado. He hecho notar muchas veces que Cristo no se mortificó, sino que se dejó mortificar. Consiguientemente: atento a todas mis depravaciones, no he de intentar enderezarlas, sino dejarme trabajar por los demás. He notado asimismo, que me es fácil recibir gente y me suele ser difícil buscarla… Pues eso: dejarles que me trituren como les pete, y no ensayar a triturarme yo. Mis impulsividades irán enderezándose al intentar servir a los otros, y al ilusionarme por servir a Dios. Expiar es algo positivo, y lleva la dosis completa de abnegación. Ver trabajar a Cristo, al Espíritu en mí, y no divertirme viéndoles… Eso produce la sensación que me expresó una vez uno y que he relatado muchas veces: “Vd. da la sensación de que no renuncia a nada y de que no le cuesta nada”. Y es cierto. Y cuando actúo así voy progresando… y no ha vanidad ni autoafirmación posible… Cada defecto mío debe ser constatado: lo mismo que bajaba a ver como iba la obra en casa de Antonio, así puedo descender frecuentemente a los sótanos de mi desastrada personalidad: a observar cómo trabaja el Señor para limpiarlos, reconstruirlos… y yo divertirme contemplando sus operaciones… Y ¡qué le vamos a hacer, si a mí me ha tocado pasarlo siempre bien!. Un modo bastante aceptable de compensar por el dolor ajeno, y de atestiguar que es gozoso convivir con Cristo, que tiene más paciencia -¡claro está!- que un santo… Y que se puede realmente gustar gustar y comprobar la suavidad del Señor, su bondad infinita. Y desde luego , que tengo ya no poca experiencia, por lo menos, de que su mansedumbre y su paciencia son indefinidas.

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