Mi nombre es Miguel Ángel Búa Lobato. Nací en Navahermosa (Toledo) en el año 1934. Estoy casado y tengo cinco hijos y cinco nietos. Vivo en la calle de Brescia Nº 6 – 2º A. Distrito 28002 de Madrid.  

  

Se pierde en la nebulosa del tiempo el momento exacto en que conocí a D. José Rivera. Sí recuerdo, que yo por entonces vivía en Villacañas (Toledo) con lo que sería alrededor de los años 60, y pertenecía al grupo de Acción Católica. Supongo que el acercamiento vino por D. Manuel Aparici, por D. José Rincón o, tal vez, a través de algún familiar mío del grupo de Acción Católica. El caso es que a partir de entonces, D. José pasó a formar parte primordial de mi vida religiosa.

Dirección Espiritual:

 

  1. José se convirtio, en el FARO de mi vida. Desde entonces, comencé a asistir anualmente a los Ejercicios Espirituales que él impartía en el Buen Pastor de Toledo. , buscaba continuamente su consejo y dirección. Para ello, le visitaba con frecuencia para hacerle alguna consulta, tanto en su casa de Toledo como en Madrid o, incluso, en Comillas (Santander). En otras ocasiones, aprovechaba para verle y charlar con él cuando, sirviéndole de Chofer, le recogía de su casa en Toledo y le llevaba hasta Madrid. Aprovechaba entonces el viaje para escuchar sus siempre acertados consejos, o atender y aprender de sus siempre amenas charlas. Recuerdo haberle visitado también en Sigüenza y en Salamanca. Para él, la Dirección Espiritual era algo tan personal, que le era muy complicado designarte otro Sacerdote cuando él, por sus múltiples ocupaciones, no podía atenderte en un momento determinado. Y terminaba diciendote te esspero “tesoro”.

 

Anécdotas:

 

De D. José podría contar mil anécdotas, pero intentando seleccionar alguna, recuerdo una vez en Sigüenza donde D. José estaba recibiendo a los futuros Seminaristas de Vocaciones Tardías, y llegó un mozo fuerte y sanote y se presentó a D. José. Éste, cogió la maleta del recién llegado para llevársela. El mozo, al percatarse de ello, comenzó a forcejear con él para quitársela. D. José, mirándole a los ojos, le dijo: ”Amigo… ¡déjate querer!” Y quitándole la maleta salió corriendo escaleras arriba, ante el estupor del recién llegado.

 

Recuerdo, también, estando un día en  su casa de la Plaza Santa Isabel, que nos estaba molestando una mosca, y él abrió la ventana para echarla fuera (no era capaz de matar ni a una mosca) y me dijo en confianza:

 

-“Cuando suba al cielo tengo que aclarar algunas cosas: como el pasaje del Evangelio de Mateo donde Jesús manda sacar una moneda de la boca del pez para pagar un impuesto; y lo de la piara de cerdos en los que han entrado los demonios, y que se arrojan al lago donde perecen”

 

Aquellas cavilaciones tan humanas, provenientes de quién yo consideraba ya un Santo Varón, me encantaban y divertían .

 

Viene también a mi memoria otro día en que estaba yo esperándole a la puerta de su casa. Recuerdo que llegó caminando a grandes zancadas -como siempre- y se le acercó uno de esos perros vagabundos y sarnosos que andan vagando sin dueño por las calles, y se le restregó en su sotana. Él ni se inmutó. Sacó un azucarillo de su bolsillo y se lo ofreció al pobre animal, mientras le acariciaba la cabeza. Al poco, y mientras charlábamos, llegó una gitana a la que acompañaba un chiquillo mugriento y zarrapastroso, que al ver a D. José se tiró a sus brazos y éste, sin mediar palabra, se lo comió a besos.

 

En otra ocasión, me contó que visitaba con una cierta asiduidad a un enfermo aquejado de Tuberculosis. Éste era muy duro y cerrado a la hora de aceptar sus enseñanzas sobre Dios. Pero hete aquí que un buen día, sin saber ni cómo ni cuando, el Tuberculoso se convirtió. Pasado algún tiempo, y durante una de sus visitas, D. José le preguntó el motivo de ése cambio tan radical, y si sus pláticas habían sido el motivo de un cambio tan importante, a lo que el Tuberculoso contestó que no. Que no habían sido sus charlas las que le habían convencido, si no lo valiente de su actitud al estar tan cerca de él, conociendo como conocía su enfermedad; e incluso el detalle –le dijo- de verle juguetear con mi regla  y cómo, a veces, se la posaba en los labios sin ningún temor. Mientras los demás le hablaban guardando una prudencial distancia, él se sentaba a su lado. Eso, y no sus charlas, fue lo que le convenció.

 

Pero entre todas las cosas, lo que más me impresionó siempre, es lo que me acaeció estando yo haciendo un retiro voluntario en la Abadía Cisterciense de Nuestra Sra. de la Oliva, en Carcastillo (Navarra). Corría el año 1996. Hacia ya cinco que había muerto D. José y me encontré entre los Monjes a un sacerdote catalán que se llamaba D. Fernando. Éste me contó que había sido Seminarista en tiempos de D. José y que estando un día en el seminario, le pidió D. José que le acercara con presteza a un pueblo cercano pues no llegaba a tiempo a alguna gestión. Como corría prisa, pidieron un coche prestado. Pero cuando empezaron el viaje, se dieron cuenta de que el coche apenas tenía gasolina. D. José le preguntó si él tenía dinero para echarla, pues él no llevaba nada, pero el Seminarista le respondió que él tampoco. “No importa” –le dijo- tú date prisa que llegamos tarde”. ¡Y fueron y volvieron sin repostar!. Eran cosas de D. José

 

Recuerdo de él tantas cosas buenas que lo que más me conforta es pensar que está en el cielo junto al Padre. Yo, diariamente, rezo la oración de su Recordatorio que guardo con cariño en el tomo de la Liturgia de las Horas, que él mismo me enseñó a rezar en el año 1985. También recuerdo una frase que dedicó a los Seminaristas que, compungidos, echaban de menos al Director Espiritual que acababa de fallecer, diciéndoles: -“No os preocupéis, desde el Cielo os dirigirá mejor que lo hacía aquí en la tierra”. Y ahora yo hago esa frase mía, pues desde que D. José falleció, lo noto, si cabe, más cercano a mí

 

Yo destacaría de D. José su dureza (sin dar jamás nombres) con los Obispos. Su exigente forma de ser con sus compañeros Sacerdotes y su radicalidad con los Laicos. Todo ello le granjeó una mala fama entre el Clero, que no le miraba con buenos ojos. En cambio, en la Dirección Espiritual, era muy blando. Recuerdo, por ejemplo, frases suyas sueltas que me dedicaba: “Tú no te preocupes mucho con la limosna; bastante tienes con tus cinco hijos” o “No te fuerces demasiado en la Oración, ya tendrás tiempo de rezar cuando te jubiles” o esa otra de “No te empeñes en buscar grandes sacrificios, el Espíritu Santo te los ira dando poco a poco”…

 

Yo solo le he conocido dos vicios: El tabaco (siempre Celtas cortos) y la lectura. Era, además, un gran estudioso. Ésta era una faceta que muy pocos conocían, pues jamás presumió de ello. Era un apasionado estudioso del Griego y del Arameo (para descifrar el Evangelio –decía él-) así como también de la Psicología. Ésta le servía para ayudar y comprender mejor a sus “dirigidos”.

 

Tan solo una vez le vi enfadado en tantos años de conocimiento, y fue durante una conversación telefónica en la que tuvo una fenomenal bronca a causa de unas letras de un gitano. D. José tenía firmadas montones de letras a los gitanos, para sus compras de furgonetas y otros enseres. Aquello resultaba un problema, pues si te cogía cerca en la visita de algún gitano que fuera a verle, te costaba a ti el dinero.

 

Recuerdo, con emoción y orgullo, por ejemplo, el día que junto con D. Demetrio y otros sacerdotes, introdujimos su féretro, para donación, en el Depósito de cadáveres de la Facultad de Medicina de Madrid, ya que junto con mi cuñado Agapito, les habíamos acompañado en coche desde Toledo.

 

Yo, por mi parte, le saco a colación en mis reuniones siempre que puedo. Tengo, además, varios amigos que le deben favores; algunos ya lo han reflejado en su “Hoja de Favores”; que yo recuerde Carlos Vélez y Marceliano Águeda.y otros.

 

Y para terminar, mi opinión personal es que se trata de un Santo; que en Toledo iba por la sombra en Enero y por el sol en Agosto. Una persona que tenía una predilección especial hacia los deficientes Psíquicos, y que comía muy poco cuando Ana Mari se acordaba (su hermana) y que dormia 4 horas al día y en el suelo siempre.

 

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