Semblanza de Don José Rivera Ramírez


 

Conocí a D. José el día en que fui al Seminario de Santa Leocadia (en Toledo capital), para conocer dicho centro, en 1988. Al levantarme, asistí a misa, sentándome delante de un cura anciano (tenía el pelo blanco) con una sotana raída. Por su aspecto y compostura, pensé que sería un jubilado, o quizá un discapacitado (en mi parroquia de Madrid celebraba misa un sacerdote que había sufrido un derrame cerebral, y tenía el habla muy mermada). La apariencia humildísima de aquel sujeto me hizo pensar así. Pero a esta idea se unió una impresión de extraordinaria cordialidad cuando, en el momento de dar la paz, me volví para ofrecerle mi mano. No olvidaré nunca la sonrisa cariñosísima que me dedicó. A la salida, cuál no sería mi sorpresa al ver que este señor se dirigía a mí, con la misma naturalidad que se pide al carnicero media docena de muslos de pollo, y me decía que quedásemos a tal hora para hablar de mi vocación. “Será alguien importante aquí, pues así me habla, pero qué bien disimula su posición” fue mi pensamiento.

Y es que una de las principales virtudes de D. José era su manera de expresarse. En el fondo, se apreciaba una vivencia sencilla, espontánea, casi “chupada” de la santidad. En las formas, cuando explicaba una cuestión de enorme trascendencia teológica, lo hacía con la misma claridad y sencillez que un profesor (pero de los buenos) de formación profesional de mecánica de automoción enseñaría a sus alumnos el funcionamiento de los cilindros de un motor Perkins. Quiero decir que el empalago y la vacuidad de tantos predicadores que hay por el mundo (con todos mis respetos a estas personas que, a buen seguro, hacen mucho más que yo la voluntad de Dios) simplemente estaban ausentes en la predicación de D José. ERA AMENÍSIMA, pero más importancia tenía las ganas de ser santos que nos entraban escuchándole. Él mismo nos refería esa misma experiencia en su relación con el Padre Nieto, S.I., con la inocencia de quien se considera indigno de tal papel, mientras nosotros, los seminaristas, pensábamos (pero, hombre, y ¿qué se cree Usted que nos pasa a nosotros con Ussía?).

A medida que pasaron las semanas en el seminario, fui conociéndolo más, pues era mi director espiritual. Los encuentros que tenía con él estaban presididos por la libertad con que trataba (respetaba) la maduración vocacional de cada seminarista. No imponía, ni siquiera encasillaba. Simplemente, asesoraba. Solo cuando, llegado el caso de insistirle mucho para que manifestase una opinión, o sugiriese algo, llegaba a aconsejar, con tanta humildad como naturalidad, incluso poniéndose de ejemplo, lo que le parecía mejor. Desde luego, en cuestiones doctrinales, o que implicasen una toma de posición establecida por la Iglesia como obligatoria, era claro. Pero no lo era menos cuando se trataba de advertir de la libertad de que goza cada uno para tomar, en su caso, las decisiones “como le inspire el Espíritu Santo”. Una y otra vez insistía en que su trabajo consistía en ayudar a cada uno a descubrir qué quería Dios de él, y que él no se lo podía inventar.

Sobre el trato con sus superiores (obispos) obviamente nada puedo decir. Pero sí de la libertad con que se refería a ellos en nuestra presencia, de los seminaristas reunidos para escuchar sus charlas, durante la misa o fuera de ella. Llamaba la atención cómo lo que entendía inadecuado lo decía abiertamente, en público, advirtiendo que ya con anterioridad había corregido en privado al obispo, como dice Jesús en el Evangelio.

Acerca de esto, debo referir una anécdota que sucedió durante una charla. Don José quería irse a vivir a un bajo inmundo, en pobreza mayor que la que tenía en su propia casa, que había sido la del alcalde de la ciudad, su padre. Pero enterado el Cardenal de sus intenciones, le impuso por obediencia que no lo hiciera. Y obedeció, pero FUE LA ÚNICA VEZ QUE LO VI ENFADADO, Y MUCHO. Sus palabras, si no exactas, fueron aproximadamente, estas: “Si van a obligarme a vivir como un cura, me cambiaré de diócesis. Ya lo hice una vez, hace años, cuando dejé Toledo y me marché a Palencia.” Salió de la capilla ciertamente enojadísimo. Eso me impactó muchísimo. A D. José le escandalizaba especialmente la tibieza de muchos cristianos, especialmente sacerdotes, sobre todo en cuanto a la pobreza. Llevaba una vida de penitencia muy severa, severísma. Su prominente barriga, que parecía indicar un régimen rico en calorías, respondía a todo lo contrario. Con ocasión de una quemadura que sufrió con un brasero (se había impuesto la penitencia de dormir sentado) fue atendido en el hospital donde, además de escandalizarse el personal por los cilicios que agarraban su cuerpo (lo cual a D. José le traía sin cuidado) comprobaron que padecía de edema por hambre (o ascitis anoréxica). La falta de proteínas en la sangre, consecuencia de los ayunos prolongados, provocaban la salida de plasma sanguíneo a los tejidos del vientre. Como veterinario, me preguntó qué tipo de alimentos debía ingerir para aumentar el nivel de proteínas en sangre, causa de aquel mal, el mismo que padecen los niños africanos que mueren de hambre, y que nadie podía sospechar que aquejara a un ciudadano del Primer Mundo. Y menos si se trataba de un cura, personas con fama de vida sedentaria y cómoda (el mismo D. José decía que en España los únicos que no trabajan son los estudiantes y los curas…).  

Su insistencia en el estudio y la lectura era casi machacona. Decía que los sacerdotes debían estar preparados para la sociedad no sólo en cuestiones teológicas, sino también humanas.  Y si grande era la importancia que daba a lo intelectual, no era nada comparada con la formación “práctica” que impartía en oración. Para él, la oración era una función, o facultad vital del cristiano. Y proponía vivirla como algo abierto, como todo, a la voluntad de Dios: hoy inspirado, pues bien, mañana árido, pues igual. Del mismo modo, en el estudio decía que debía esforzarse uno, y dejarlo todo en las manos de Dios, y que incluso un suspenso era objetivamente, supuesto el esfuerzo necesario para darlo todo de uno mismo, mejor que un aprobado, por lo que de humildad tenía. Esta doctrina del abandono creo que es lo que más hondo ha calado en mí. Después de dejar el seminario, aprobé a la primera unas oposiciones de veterinario (por cierto, semanas después de la muerte de D. José) gracias a lo que me pude casar y tener los seis hijos que hemos tenido mi esposa y yo. Pero luego me esforcé para aprobar Notarías (tras estudiar Derecho) y suspendía muchas veces. Años después volví a intentarlo y lo logré a la primera. “¿En qué parte del Evangelio está escrito que tienes que aprobar esto o aquello?” Esta “regla de oro” me sirvió (y me sirve) de gran consuelo para aceptar lo que me ha sucedido en la vida, como un don de Dios, tanto lo que parece malo, como lo aparentemente bueno.

Sobre su humildad, debo referir que, si bien acostumbraba a pedir permiso para fumar ante los seminaristas, en una ocasión, en que advirtió que uno parecía molestó, preguntó qué sucedía. Al advertirles otro compañero que le molestaba el tabaco, se apresuró, como un niño que han pillado comiendo un caramelo, a apagar el cigarrillo, y pedir perdón con una humildad impropia (desgraciadamente) de la “gente importante”. D. José lo era, pero como el último de la fila, en este mundo.    

Nunca le oí hablar mal de nadie, pero se reía de todos (empezando por sí mismo ). No es fácil explicar a quien no lo haya conocido la simpático, guasón y amenísimo que era este hombre. REBOSABA FELICIDAD, LUCIDEZ Y AMOR. Y, por favor, no se entiendan estas palabras en sentido poético o elogioso, pues he querido referirme al significado literal de las tres, dones que este regalo de Dios que fue (y sigue siendo desde el cielo, a él le encomiendo cosas que me preocupan) D. José.

Temo dejarme detalles importantes sin escribir, pero es lo que sucede cuando se ha conocido a un hombre tan excepcional. Sólo quiero dejar una cosa bien clara: es la persona humana que he tratado hasta ahora en mi vida que más me ha marcado para bien, que más me ha ayudado a sentirme parte (responsable, muy responsable) de la Iglesia, y que más deseos me inspiró y me inspira de seguir a Cristo. Sacrificio, penitencia, oración, amor y razón, todo ello con una felicidad radiante, como no he vuelto a conocer a nadie, eran los rasgos del personaje al que recurro cuando hablo a mis compañeros de trabajo (ateos incluidos, claro) y a mis hijos para describir la cara “cristiana” de la Iglesia.

Termino diciendo que el día que supe que había aprobado el tercer (último eliminatorio) ejercicio de Notarías, la mayor felicidad de la jornada, y con diferencia, fue acudir a la catequesis de confirmación a la que asiste mi hijo Juan, de 17 años, para hablar del “cura de los gitanos”. Tanto el que me lo pidiera mi hijo, en una edad tan difícil, como el hecho de que se refiera a D. José como posible ejemplo a proponer a sus compañeros me hicieron dar muchas gracias a Dios por el privilegio de haber conocido a este hombre (¿puedo decir santo sin violar ningún canon?; desde luego, los gitanos pobres de Toledo lo hicieron al día siguiente de su muerte, pegando una foto en el centro cultural gitano con la leyenda “San José Rivera, patrono de los gitanos”. Y vaya Ud. a esas criaturas a hablarles de Teología, que lo más “gordo” se lo impartió D. José con su vida).

En fin, gracias, Pepe Rivera, y no dejes de velar por mí y mi prole.          

Carlos Arriola Garrote