José Manuel Alonso Ampuero. Perú


“Hace unas semanas he podido encontrarme con Arely y sus padres. Hoy es una niña grande, sana, alegre y llena de gratitud por la vida, que brota desbordante en su cuerpo.

Un jueves santo de hace años era otra la realidad. Ella era una bebé de una familia muy pobre. Su joven mamá vino llorando a la parroquia: su niña necesitaba una operación del corazón para poder sobrevivir… Imposible.

Lo imposible, gracias a diversas personas de la Iglesia, se fue haciendo real: una niña de extrema pobreza atendida en la mejor clínica de Lima.

Pero en ese proceso surgieron dificultades y remedios inesperados. No sé por qué, al ausentarme yo durante un mes, se volvió al punto inicial: la niña no sería atendida en esa clínica, única donde tal operación podría realizarse.

Julia, la joven mamá, fue, llorando, a la capilla. Allí sacó una estampa de Don José que yo le había dado. Su oración fue bien sencilla: “El padre José Manuel me ha dicho que usted es amigo de los pobres. Tiene que ayudar a mi hija. Sé que usted no me va a fallar”. Mientras miraba la estampa sintió a su espalda una “presencia femenina” que le infundía confianza y le impulsaba a salir de la capilla en una determinada dirección. Lo hizo y enseguida encontró a una trabajadora social desconocida que, amablemente, la escuchó y la presentó a un cardiólogo que, a su vez, la condujo al cirujano que podía realizar la operación. El camino, que injusta e inesperadamente se había cerrado, quedó misteriosamente expedito.

Hoy, Julia, mirando a su hija, perfectamente sana, habla de Don José con inmensa gratitud y tiene la certeza de que él ha tenido una intervención decisiva en su curación. Su estampa, rodeada de un rosario, pegada en la pared, es como un miembro más de esa sencilla familia, que sigue habitando una vivienda muy humilde. Allí Don José parece sentirse feliz realizando su sueño de vivir con los pobres.”