Antonio Salinero Pérez, seglar


He conocido a D. José desde que yo era un niño. Mi familia ha vivido siempre vinculada a la de D. José. Mi mujer y yo vivimos desde hace 28 años en la planta baja de la casa familiar y hemos tenido contacto con él hasta su muerte. “El cura”, como nosotros le llamábamos siempre, es el hombre más santo que hemos conocido. Era un sacerdote de cuerpo entero, centrado en Jesucristo y amante de la Iglesia. Cualquiera que se acercaba a él veía que este hombre se interesaba con un fervor especial por todo y por todos.

Yo creo que su secreto era la Eucaristía. Él vivía pendiente de la Eucaristía, colgado de Jesucristo en la Eucaristía. Recuerdo como si fuese hoy el 1 de Febrero de 1978, cuando quedó entronizado el Santísimo Sacramento en el Sagrario de la Capilla de su casa. En pocas ocasiones he visto a D. José tan emocionado. Había dicho en una ocasión delante del Sr. cardenal que por lo único que envidiaba a los Obispos era porque podían tener el Santísimo en su domicilio. D. Marcelo pidió el permiso necesario a la Santa Sede para que D. José pudiese tener el Santísimo en su casa. Para D. José, Jesucristo en la Eucaristía, lo era todo. No sabía vivir si la Eucaristía y no entendía que un cristiano pudiese despreciar el don de la Eucaristía y vivir sin comulgar.

Durante algunos años yo marchaba a trabajar a las 6:30 de la mañana, sin regresar a casa hasta las 9:30 de la noche. Este horario me impedía asistir a Misa y poder comulgar. D. José me invitó a subir a las 6:00 cada mañana. Me leía las oraciones y el Evangelio de la Misa del día y, trad dirigirme unas palabras, me daba la Comunión. Después quedábamos un rato en silencio y acción de gracias. Duarante una época, que no tenía cargo pastoral parroquial, celebraba la Eucaristía a esa hora para que yo pudiese comulgar. Después se unieron otros seglares que se encontraban en situación parecida a la mía. Uno de ellos ingresó más tarde en el Seminario y es actualmente sacerdote.

D. José amaba la Eucaristía y amaba desde la Eucaristía. Exponía el Santísimo casi todas las madrugadas. Muchas veces, cuando yo subía a las 6:00, aún no había reservado al Señor en el Sagrario. Soy testigo de cómo él abría la ventana de la Capilla y daba la bendición con el Santísimo a toda la ciudad. La Eucaristía era para D. José la fuente de su amor a todos, y especialmente a los más pobres. Muchs veces le oí decir que el Amor de Jesucristo en la Eucaristía es la fuente y el modelo e cómo hay que amar a los pobres, y que es delante de Jesucristo en la Eucaristía donde se aprende de verdad a amar a Dios y a amar a los hombres como son.

D. José vivía la Eucaristía y vivía para la Eucaristía. Su vida era como una prolongación de la Misa que había celebrado y, a la vez, como una preparación para ofrecerse en la Misa que iba a celebrar. En la última época de su vida en la tierra, se notaba que vivía con más ansias de entregarse, de ofrecerse. Su muerte fue cmo la consumación de esa ofrenda.