Sagrario Lancha, seglar (Toledo)


Don José fue para mí una bendición de Dios…, una palabra tierna del Padre pronunciada en mi vida que, desde temprano, ya tenía heridas. Lo conocí a mis 17 años… y se fue metiendo en mi vida de manera suave pero firme. Llegó a ser el mejor reflejo de Dios Padre que he conocido.

Mientras me iba ayudando a curar heridas, a esperar salidas donde yo no veía nada (“no hay salida, ha sacada”, decía), a mirarme y a mirar alrededor con ojos nuevos…  iba centrándome en Jesucriso, iba metiéndome en el Misterio de Dios. Nunca olvidó que su tarea era “ser puente”. Creo que cuantos le tratamos, confirmamos esto: hacía trascender, mirar a lo Alto, poner la mirada en Otro… Pero ¡cuántas gracias he de dar por este “puente”…!

Don José predicaba, ¡y mucho!. Pero Don José contagiaba por su vida. Esa vida evangélica, ¡total!, austera, sacrificada, entregada, ¡alegre! (su risa estruendosa, a carcajadas…, ¡era curativa!); esa vida enraizada directamente en la Trinidad (¡¡tantas noches de oración enamorada!!) y por ello (¡y sólo por ello!) cercana al ser humano…, atenta a los mil y un detalles de cada uno de los que nos acercábamos a él… TODOS encontrabamos cobijo en él…, escucha, comprensión…, esa guía firmemente tierna que respeta el ritmo biológico, sicológico y espiritual de cada uno… En aquella mesa camilla de su despacho… Dios hacía maravillas a través de este ¡cura santo!. Cuánta gente encontró en él esa cercanía… ese ser único, en ese momento, ¡único…!

Enamorado de Cristo pobre, se fue empobreciendo… (¡cómo vi desmantelarse su casa…! apenas una silla para él y otra para quien iba a verle). Y se metió de lleno en el mundo de los pobres…; sobre todo de los gitanos, tan despreciados…. también ¡por muchos de la Iglesia! Yo le vi hacer “cosas nuevas”, ¡cosas evangélicas!… ¡Qué amor!, ¡qué audacia!, ¡qué ternura! vi derrochar sin medidas humanas… Dando… ¡de todo!: tiempo, atención,… furgonetas y mas furgonetas…, firmando letras sin más aval que su persona y su sotana llena de “quemones de Celtas” (decía él)… y, eso si, ¡la Providencia divina!, que nunca le fallo…

Don José, maestro del amor y la ternura, de la obediencia a la Madre Iglesia… supo amarla y, por amor,… sufrirla. En su último tiempo, más que predicar, gritó… por una renovación de esta Maternidad, para que la Iglesia fuera fecunda, audaz, entregada… ¡pobre…!

Amante de largas horas de encuentro íntimo con el Señor… tuvo su último retiro en la UVI, tras el infarto… Dios remató su obra de santificación en él. Ya… podía ver cara a cara a Quien tanto había amado aquí bajo el sacramento del pan y bajo el “disfraz” del pobre… Y ya sin barrera alguna, como decía tantas veces, puede seguir siendo esa bendición de Dios para cuantos le conocimos y cuantos ahora le conocen.