Diario, 1 de Enero ’88


El primer proyecto al comenzar esta época, este nuevo año civil -comienzo de poca importacia ciertamente-; y sobre todo al celebrar esta fiesta de María Madre de Dios, es la insistencia en la oración, el incremento de la contemplación, y el examen, en pura fe, de mis maneras de actuar, tanto interior como exteriormente.

Es verdad que la fe funciona e influye, de modo superlativamente eficaz, en toda mi vida, siempre que se proyecta sobre cualquier aspecto de la realidad total, por menudo que sea. Según mi antigua imagen del flexo potente de luz, he de escudriñar, más atenta y reiteradamente, cda una de mis acciones, para que puedan con toda naturalidad, espontaneidad y gusto, realizarse en paz y gozo. Experiencia tengo abundante de la posibilidad de tal operación. Pues sin quitar nada a lo antedicho, y repitiendo una observación muy reiterada, mi paciencia es más bien sobremanera notable. Mucho más teniendo en cuenta la energía de mi temperamento, y por lo mismo de mi ira. Que gracias a Dios, en el sentido más estricto y más teológico, se emplea más en perseverancia y constancia y cumplimientos de tareas, en sí naturalmente ingratas, sobre todo por la manera con que hay que cumplirlas, que en explosiones de enfado y continuidad de malhumor.

Las actuaciones gratificantes son también muchas; pero comparativamente pocas. En los niveles naturales, claro. Por eso arguyo que la fe debe de ser muy brillante, y la esperanza y la caridad no pequeñas. Lo cual es motivo ya dado, particularizado a mi individualidad, de ardiente esperanza. Si con tanta repulsa, el Señor usa de tanta paciencia y me hace crecer, con un podo más de oración, con planteamientos más sobrenaturales, ante todo en la elección de actividades, no puedn ser vanos, tantos y tan frecuentes deseos de santidad, de santificación de los demás, del pueblo de Dios disperso por el mundo, de esta Iglesia de Europa, de América, de España, de Toledo. Este anhelo de universalidad, esta esperanza de infundir -de contribuir a infundir- la certeza de ser llamados a ser santos todos los hombres. Esta idea y esta ansia de esclarecer los modos pastorales, según las expresiones de la santificación, de los diversos modos de ser humanos…

No puede quedar inutilizada. Cuando Dios infunde deseos es para cumplirlos. Así Sta. Teresa del Niño Jesús; así el Obispo a Mónica: “no puede perderse hijo de tantas lágrimas”.