Diario, 12 Octubre ’90


Prosigo resolviendo textos del libro de Lubac. La conciencia de la maternidad de la Iglesia. El sentido personal: el amor a cada una de las personas. Amor al prójimo: al cercano también naturalmente cercano; a quien nos ha puesto Dios corporalmente cerca, por circunstancias independientes de nuestra decisión, o por inspiaciones para la decisión propia. El motivo principal que encuentro -necesidad de ver al prójimo- pertenece al orden de los signos: Cristo se nos manifiesta en tal o tal hombre singular, es decir, en tal o tal persona. Ahí reside la diferencia entre la obra de un Gandhi o un Sartorius, y la obra de la Madre Teresa. Pero es preciso otro ingrediente: que el amante del prójimo signifique a la Iglesia de Cristo, al Cristo total, como se descubre al mundo. De ahí brotan una cadena de consecuencias, que diferencian las actividades meramente sociales -las prácticas de un ayuntamiento- de las actividades eclesiales: las realizaciones de Cáritas.

Por eso, el prójimo en sentido pleno, también corporal, es signo de todos los demás hombres. Atendiendo a uno, vamos siendo dispuestos a atender a quien sea. Vamos creciendo en caridad y vamos eliminando apegos, aficiones individuales, que dificultan o impiden totalmente el ejercicio de la caridad.

La maternidad de la Iglesia puede recibirse filialmete, incluso en las actuaciones prevertidas de los hombres de la Iglesia, que producen en mí idéntico efecto al enunciado: me ponen en el disparadero de actuar la caridad. Pues me obligan a optar entre la rebeldía -que se volvería contra la Iglesia misma- y el reconocimiento de la Iglesia misma, hasta en la torpeza de sus hijos, que no obran personalmente como tales: culpable o inculpable. De modo análogo a como las deficiencias de los padres -v.gr. la mera ancianidad con sus ordinarias secuelas- me obligan a intensificar las actitudes filiales. Que se tornan muy hacederamente maternales…

Por otra parte: la maternidad de la Iglesia es la única instancia que le queda a la persona de nuestra sociedad “civilizada”, para alcanzar la personalidad. Palpo el problema en Antonio, obligado al desarraigo del ambiente familiar, para llevar a cabo sus estudios técnicos. Y desde luego, en la universidad o escuela, no va a encontrar seno maternal algno…

Mas paralelamente a lo escrito arriva, la presencia de la Iglesia no se realiza por la tarea de un profesor de religión… Hay -¡no “habría”!- que crear residencias de la diócesis, cuyos presbíteros, últimos responsables, pero contando con colaboradores laicos responsables también, se mantuvieran en ostensible ligazón con los párrocos, capellanes universitarios de la diócesis de origen y de la diócesis donde estudian… Sin duda, tales presbíteros pueden ser religiosos; pero en esa ostensible e incluso ostentosa, conexión con los Obispos.

Naturalmente, la raíz de la dificultad para tales realizaciones es la casi absoluta falta de formación, y aun la deformación de los mismos obispos y de los presbiterios. Que maltido el sentido personal que poseen… ¡Qué giro tremebundo precisa la formación de los seminaristas… y de los seglares, del los católicos!.