JOSÉ RIVERA, POBRE Y «PADRE DE LOS POBRES»


domingoSe sentía feliz siendo pobre, atendiendo a los pobres y animando a muchos a poner tiempo y bienes en los pobres

Durante más de trece años, siete como seminarista y el resto como sacerdote, tuve como director espiritual a D. José, y participé anualmente en los Ejercicios Espirituales y retiros que impartía. En él todo era asombroso, y al mismo tiempo ani- maba a muchos otros con paz, por la obra de la gracia de Cristo en su vida. Y, quizás por  esto, quienes no sabían que la vida de D. José era fruto del amor de Dios lo despreciaban o lo ignoraban.

Este sacerdote venerable, como no he conocido a nadie en toda mi vida, fue creciendo en la virtud de la pobre- za y en el amor a los pobres. Me asombraba verlo con pocos medios a su al- rededor. Papel, bolígrafo, lápiz baratos; cama de tabla y pequeña; oratorio sencillísimo; sotana pantalones y ca- misas bien pasados por años; máquina de escribir Pluma 22; zapatos gastados; ayunos de comida intermiten- tes; transporte público y suela; mobiliario sencillo y viejo, con muchos años; en retiros y Ejercicios Espirituales se quedaba donde lo ubicaban; desapego a todo. Alcanzar todo esto, y más, le supuso horas y horas de oración y de estudio. Oraba, estudiaba, esperaba, probaba… y vivía.

Siempre creyó y enseñó que la iniciativa es divina en el desarrollo de las virtudes cristianas. Por esto en las horas de dirección espiritual te comen- taba sus  avances o apegos, vistos con el Señor, en relación con la virtud de la pobreza. Sabía que Dios pide la po- breza porque la da, y que todo afán de poseer es un afecto desordenado que Dios quiere purificar. Él ayudaba, nos ayudaba a muchos, a valorar la virtud de la pobreza ofreciendo su vida como el camino para dejar y no coger, para no acumular sino soltar, no retener sino olvidar.

Don José nos  hablaba del plan de Dios para una Iglesia pobre y con pobres. Él enseñaba que los tres fundamentos de la Iglesia son: los obispos, la eucaristía y los pobres. Le llamaba la atención ver a los pobres pidiendo en las puertas de las iglesias, pero no dentro de las mismas, como si no fue- ra verdad lo dicho por Cristo: “Porque pobres siempre tendréis con vosotros”. Como sacerdote pobre era visitado por los que somos pobres en las virtudes, en el saber, en la vida espiritual, en el afecto de otros y en bienes materiales.

¡Cuántas horas de conversación y de trato incansables con personas de toda condición!

Animaba, confiando en el poder transformador del Padre y de forma contundente, a no tener nada guardado, nada ahorrado, ante tantas bocas vacías. Y, más aun, quería sentirse pobre, verdaderamente pobre. Y esto fue de tal grado que pedía prestado para los más pobres. Era la boca de los pobres, el hambre de los pobres, el desarrollo también de la fe de los pobres. D. José fue, y es, el que por su testimonio lleva a muchos al desprendimiento. No era sólo el que reclamaba para los pobres sino,  sobre todo, el que vivía, buscaba y daba para los pobres. Se endeudó por los pobres, como una madre por sus  hijos.

Es conocida su labor a favor de los gitanos. Cómo entró en relación con ellos  e intentó incluso vivir con ellos. A muchos se nos hicieron cercanos los gitanos y gitanas que lo visitaban, porque siendo conocidos del “padre de los pobres” también, por sus muchas necesidades, venían a vernos.

Don José se sentía feliz siendo pobre, urgiendo a la pobreza, atendiendo a los pobres y animando a muchos a poner tiempo y bienes en los pobres. Se entendía fácilmente que su vida era la que  el Padre había hecho pobre y para los pobres.

Que desde el cielo  nos  ayude este venerable sacerdote para no gastar la vida en tener, sino desgastarla en dar preferentemente a los más pobres, sintiéndolos y sufriéndolos como hijos.

 

Domingo Oropesa Lorente.  Obispo de Cienfuegos (Cuba)