Un sacerdote amante de la Iglesia


angelEl próximo domingo, 25 de octubre de 2015, celebraremos en la Santa Iglesia Catedral Primada la solemnidad de su dedicación. La caatedral es la iglesia madre de la diócesis. Es el signo de la iglesia madre que engendra hijos para la vida eterna. Pero este año, en este día, nuestra Iglesia madre toledana se alegrará de una manera especial al dar gracias a Dios por el reconocimiento de las virtudes heroicas de uno de sus mejores hijos: el venerable José Rivera Ramírez, sacerdote diocesano.

El pasado día 1 de octubre se hizo pública una muy gozosa y esperada noticia para todos los que conocimos, quisimos, admiramos y seguimos las indicaciones espirituales del sacerdote diocesano José Rivera: su proclamación como venerable. La Santa Sede reconocía oficialmente que nuestro querido don José había respondido a la gracia de Dios de manera heroica en el ejercicio de las virtudes, durante su vida. La Iglesia nos lo propone, oficial y públicamente a todos como modelo de virtudes.

Y una virtud que sobresale especialmente en el testimonio de vida del venerable José Rivera es su amor apasionado por la Iglesia. Desde bien joven fue impactado por el testimonio apostólico de su hermano Antonio, «el Ángel del Alcázar», que era dirigente de la Acción Católica y que se destacaba precisamente por este amor apasionado por la Iglesia y por todo lo que fuese de la Iglesia. Este sentido eclesial era el ambiente habitual de la casa familiar de la Plaza Santa Isabel, donde don José nació y se crió. Después, ya seminarista y sacerdote, se traducirá en una de las claves fundamentales de su vivencia ministerial.

Don José entendía y predicaba con su palabra y con su ejemplo, que un sacerdote tiene que ser un verdadero amante de la Iglesia, que se preocupa y se ocupa de embellecer continuamente su rostro para que se presente ante el mundo como lo que es: la esposa de Cristo y la madre de todos, especialmente de los más pobres. Toda su vida, y muy especialmente sus últimos años, se dedicó a orar, a sacrificarse, a predicar y a orientar a todos los que se acercaban a él para que la Iglesia Diocesana resplandeciese por las virtudes que debía resplandecer como esposa de Cristo y madre de los más pobres.

Con cuánto gozo recuerdo los encuentros periódicos y añorados con don José al caer la tarde, al terminar los trabajos pastorales, al abrir nuestros corazones sacerdotales al amor de Dios y sentir su corazón de Padre. Recuerdo su talante siempre misericordioso y lleno de esperanza, su comprensión al hacerle partícipe de mí vida, su sabiduría profunda y luminosa al aconsejar, su fuerza de espíritu, su sentido de la obediencia al obispo y al Papa, su conciencia de vivir en presencia del Señor e inhabitado por la Trinidad divina, su entrega y cercanía a todas las gentes de su entorno sacerdotal y, especialmente, a los más pobres, los sacerdotes, consagrados, seminaristas, apóstoles seglares, catequistas, profesores, matrimonios, …etc, miembros de la Iglesia de Jesucristo en camino y aspirando a la santidad. Encuentros ciertamente reconfortantes y pacificadores, animados de espíritu y por el Espíritu.

El venerable Rivera, por su finura de espíritu y por su clarividencia sobrenatural, veía con gran claridad y mucho dolor los defectos y lacras que se acumulaban en la Iglesia, en su amada diócesis, pero jamás se entretuvo en lamentos o en críticas amargas. Su respuesta era siempre la del amante apasionado que salta por encima de las dificultades para embellecer más y mejor a su amada. Su predicación acerca de la Iglesia era siempre audaz y esperanzadora. Decía que la Iglesia tiene en sí misma suficientes resortes y energías para rehacerse continuamente, si hay algunos que la aman y están dispuestos a dar su vida por ella. Hoy tenemos que reconocer con gratitud que don José fue uno de esos. Amó a la Iglesia, trabajó por la Iglesia, se entregó a la Iglesia, y dio su vida por la Iglesia.

Hoy, cuando tanto necesitamos de testimonios sacerdotales que nos estimulen a trabajar en la Iglesia y por la Iglesia, la figura sacerdotal del venerable José Rivera resplandece de una manera especial. Nunca pretendió hacer carrera, pudiendo hacerla por sus dotes personales y por la posición social de su familia. Siempre destacó por su disponibilidad para obedecer a sus superiores. Siempre mantuvo la actitud positiva y activa de la obediencia, que consiste en aportar ideas y sugerencias a su obispo para mejor pastorear a la Iglesia. Nunca se sirvió de la Iglesia para buscar prebendas o ventajas. Siempre estuvo dispuesto a sufrir por la Iglesia lo que hiciese falta, incluyendo la incomprensión de algunos hombres de Iglesia. El venerable José Rivera resplandece como un sacerdote amante de la Iglesia, cuyo ejemplo merece ser seguido e imitado.

 

D. Ángel Fernández Collado