Ignacio


Tuve la gracia de coincidir durante 4 años con don José en el seminario de Sta. Leocadia. Desde entonces le profeso una gran devoción y participa de modo fundamental en mi vida y la de mi familia. En febrero pasado fuimos toda mi familia a Roma. Era la primera vez que salíamos todos juntos desde que nos casamos hace ya más de doce años. Para esta ocasión compramos una cámara de fotos que nos costó bastante esfuerzo económico. En el taxi que nos llevaba del aeropuerto de Roma a la residencia nos dejamos olvidado todo el material fotográfico. Cuando nos dimos cuenta el mundo se nos vino a los pies. Máxime cuando la religiosa de recepción nos indicó que era totalmente imposible recuperarla (no sabíamos ni siquiera en qué compañía de taxi llegamos), que siempre que se había perdido algo a un turista nunca lo había recuperado. Así que me encomendé a don José como siempre hago diciéndole: “don José ayúdanos a descubrir la voluntad de Dios”. Y nos fuimos hacia el autobús urbano. No llevábamos ni 5 minutos cuando apareció el taxi con la bolsa fotográfica completa, ante la sorpresa e incredulidad de la religiosa.

En Julio me fui yo solo de campamento a un pueblo de la sierra de Cuenca con una monjas carmelitas. Una tarde, al acabar de dar el taller y devolver el material, me di cuenta que había perdido uno de los cristales de las gafas. En medio del campo y habiendo recorrido una distancia de unos doscientos metros era poco menos que imposible encontrarlo. Me encomendé a don José y, a los dos o tres minutos, me encuentro a una de las monjas a la que le cuento lo pasado así como que me he encomendado a don José (ésta ya conocía mi devoción por don José y lo de la cámara). No había pasado ni un minuto cuando dicha religiosa (que tiene una graduación alta) vio desde unos 5 metros el cristal entre unos matojos.

Por último, en los días finales del campamento, nos robaron a dos monitores la cartera con toda la documentación, dinero (yo tenía 200€), tarjetas, etc., y a otros monitores sólo dinero. El mundo se me vino a los pies y se apoderó de mí la desesperación. Mientras se indagaba quién había sido, yo me fui a la capilla y allí me desahogue ante el sagrario y me encomendé a don José Rivera. Con el paso de la tarde y tras buscar por la zona de acampados, decidimos buscar en la noguera que se encuentra detrás y que es de una extensión cercana al medio campo de fútbol. Era una tarea literalmente imposible. Después de casi una hora de rastrear la zona apareció mi cartera (sin dinero) en lugar bien escondida. Confirmado quién fue el autor, éste, a lo largo de la tarde, fue devolviendo todo lo que había quitado que era más de lo imaginado. Para mí la intervención de don José en este suceso no fue tanto que apareciera la cartera y todo lo demás sino que en ningún momento tuve sentimiento de rencor o venganza hacia el pobre muchacho autor de los robos. Desde que pasé por la capilla no salió de mí más que perdón y deseo de ofrecer oraciones y sacrificios por ese muchacho. Como así hice y continúo haciendo.